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Produzcamos frutos

archivocorpuschristi
1 oct
4 min de lectura

Sermón para el XXVII Domingo de Tiempo Ordinario. Domingo 4 de octubre de 2026


Is 5, 1-7

Flp 4, 6-9

Mt 21, 33-43


1. La Palabra de Dios nos instruye también hoy por medio de parábolas.


La primera lectura, del profeta Isaías, es un canto de amor a la viña, es decir, al pueblo de Israel. Ese pueblo que ha sido cuidado por Dios con esmero y sin regatear esfuerzos; que es hechura suya, pues todo lo que es se lo debe a Él. Así se expresa el profeta:


«Mi amigo tenía una viña en fértil collado. La entrecavó, la descantó y plantó buenas cepas; construyó en medio una atalaya y cavó un lagar».


Sin embargo, a pesar de tanto amor y cuidado, esa viña no dio uvas sino agrazones. No respondió, como se esperaba de ella, a tanto amor y entrega. El pueblo de Dios no ha sabido, o no ha querido, corresponder a tanto cuidado.


El amigo se pregunta sorprendido:


«¿Qué más podría hacer por mi viña que no haya hecho?».


Y el profeta explica:


«La viña del Señor es la casa de Israel; de ella esperó derecho y justicia, pero sólo produjo asesinatos y lamentos».


2. Y en el Evangelio, el Señor Jesús retoma esta imagen de la viña, plantada y cuidada por Dios, y luego arrendada y puesta en manos de unos labradores para que la trabajaran en su nombre y a su tiempo entregaran el fruto que le correspondía. Una y otra vez el amo de la viña mandó a sus criados, o sea, a sus servidores los profetas, pero los labradores no hicieron caso y los maltrataron; por último envió a su Hijo, pensando que lo respetarían y le entregarían la parte de los frutos que les pertenecía, pero no fue así, sino que lo empujaron fuera de la ciudad y lo mataron, con la intención de apropiárselo todo.


Semejante conducta merecía un castigo: «arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo». O lo que es lo mismo: «se os quitará a vosotros el Reino de los cielos y se dará a un pueblo que produzca sus frutos» (en alusión directa al pueblo de Israel y a sus dirigentes religiosos).


Y así fue. Al pueblo de Dios del Antiguo Testamento sucedió el nuevo pueblo de Dios que es la Iglesia. Es un pueblo nuevo; a él pertenecen hombres de todas las naciones, razas, lenguas y culturas que confiesan que Jesús es el Señor y Salvador. Ese pueblo nuevo somos nosotros.


3. A nosotros, a la Iglesia, se nos entrega el Reino de Dios para que produzcamos frutos: frutos en buenas obras, en amor, en justicia y derecho. Podemos decir que la exigencia de dar frutos es en nosotros mayor que en el pueblo judío, pues a nosotros se nos ha dado más y, como dice el Señor, «a quien más se le da, más se le exigirá». Dios Padre no nos ha enviado profetas, sino a su mismo Hijo. Es Dios mismo en Cristo quien ha venido a nuestro encuentro, ha compartido nuestra condición humana, con sus miserias y sufrimientos e incluso con su muerte; se ha hecho nuestro compañero de viaje; lo ha hecho todo por nosotros, para que podamos participar de su vida y producir los frutos que nos pide. Hemos recibido más; y por eso se nos pedirá más. Por eso podemos escuchar y comprender la pregunta que Isaías pone en labios de Dios: «¿Qué más podría hacer por mi viña que no haya hecho?». Él lo ha hecho todo por nosotros. Hasta lo más inaudito y escandaloso: morir en la cruz como un malhechor.


Es comprensible, pues, que el Señor espere de nosotros frutos de amor y de misericordia, de justicia y derecho. Que lo espere de nosotros como personas individuales; y también de nosotros como Iglesia.



4. Y el mismo Señor nos enseña, en otro lugar del Evangelio, qué hemos de hacer para producir estos frutos. Nos dijo: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos… De la misma manera que los sarmientos sólo dan fruto si están unidos a la vid, así también vosotros. Sin mí no podéis hacer nada».


No pueden ser más claras las palabras del Señor. Lo que Él nos pide —dar frutos—, Él mismo nos lo da si vivimos unidos a Él, si somos una misma cosa con Él. Con su fuerza somos fuertes para amar incluso a los enemigos; con su gracia podemos responder al amor de Dios con una vida que refleje sus sentimientos y actitudes. Ésta es la clave de una vida cristiana fecunda. Sin la unión con Cristo, nos volvemos como sarmientos secos, nos volvemos cristianamente estériles.


Y ésta es la clave también de una Iglesia capaz de ser en el mundo y para el mundo misterio de salvación. También la Iglesia, como cuerpo visible, debe dar frutos que Dios quiere. Y para ello ha de ser cada día más fiel a su Señor para llevar a cabo en el mundo la misión que se le ha encargado: anunciar a Cristo a todos los hombres, santificar con los sacramentos y poner en práctica la caridad. La Iglesia en cuanto comunidad ha de vivir en el amor, la justicia y la misericordia. «Para la Iglesia —dijo el papa Benedicto XVI— el servicio de la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia».


La Iglesia ha de dar los frutos que Dios quiere; ha de ser lo más fiel posible a la palabra y vida de su Señor, pues es esa palabra y esa vida lo que debe trasmitir a los hombres.


5. En una de las plegarias eucarísticas tenemos una oración que hoy podemos hacer nuestra; es una oración que concierne a cada uno de nosotros como cristianos y a la Iglesia misma como institución. Dice así:


«Danos, Señor, entrañas de misericordia ante toda miseria humana; inspíranos el gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desamparado; ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se siente aplastado y reprimido.

Que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando».


¡Que así sea!

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