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Cambiar y cumplir la voluntad del Padre

archivocorpuschristi
hace 3 días
4 min de lectura

Sermón para el XXVI Domingo de tiempo ordinario. Domingo 27 de septiembre de 2026


Ez 18, 25-28

Flp 2, 1-11

Mt 21, 28-32


Hermanos:


La Palabra de Dios nos habla hoy de conversión y de responsabilidad. Nos sitúa ante una experiencia que conocemos bien: la distancia entre lo que decimos y lo que hacemos; entre lo que sabemos que es bueno y lo que realmente elegimos; entre la voluntad de Dios que reconocemos y nuestra resistencia a cumplirla.


Ezequiel y Jesús no ocultan esa contradicción. Pero tampoco aceptan que sea nuestro destino. El profeta anuncia que el injusto puede abandonar su injusticia, practicar el derecho y la justicia, y vivir. El evangelio muestra a un hijo que primero responde negativamente al padre y después va a trabajar a la viña. El pecado es real; destruye la comunión con Dios, hiere a los hermanos y divide interiormente a quien lo comete. Pero no posee la última palabra sobre nosotros.


Por eso, el arrepentimiento es un acto de libertad. Quien reconoce que ha obrado mal no queda inevitablemente definido por ese mal. Puede cambiar; puede dejar de ser esclavo de la conducta que le domina. Puede volver a Dios y reencontrar, al mismo tiempo, su propia verdad. Ezequiel llega a decir que quien abandona el mal «se salva a sí mismo». No porque se redima por sus propias fuerzas, sino porque acepta la vida que Dios le abre al llamarlo a convertirse.


¿Cómo comienza este camino? Ezequiel emplea una palabra decisiva: el que se convierte «recapacita». Se detiene y mira. No busca excusas. No descarga sobre la educación recibida, las circunstancias, los pecados de otros o las heridas propias la responsabilidad de sus decisiones. Reconoce el mal que ha cometido y la división que ese mal produce en él.


Todos conocemos esa división. Queremos ser personas de verdad y, sin embargo, mentimos o disfrazamos la realidad. Deseamos amar, pero nos dejamos llevar por el resentimiento. Sabemos que debemos servir, pero defendemos nuestra comodidad. Confesamos a Cristo como Señor, pero muchas veces organizamos la vida como si él no tuviera derecho a pedirnos nada.


El arrepentimiento no es una humillación estéril ni un sentimiento enfermizo de culpa. Es el valor de mirarse sin máscaras delante de Dios. Es aceptar que necesitamos ser perdonados y transformados. Mientras uno se justifica, permanece prisionero de su propio pecado. Cuando lo reconoce ante el Señor, comienza la liberación.


La parábola de los dos hijos hace visible esta diferencia. Los dos viven una con-tradicción. El primero responde: «No quiero», pero después va. El segundo contesta: «Voy, señor», pero no va. Jesús no aprueba la negativa inicial del primero. Lo decisivo es que no se aferra a su primer rechazo; cambia y cumple la voluntad del padre.


El segundo pronuncia la respuesta correcta, pero su vida no la confirma. Y esa es una tentación particularmente seria para quienes vivimos cerca de la Iglesia. Podemos usar las palabras de la fe, conocer la doctrina, participar en las celebraciones y mantener una imagen religiosa correcta, sin permitir que el Evangelio cuestione nuestras decisiones. Decimos «sí, Señor», pero quizá no vamos a la viña donde se nos necesita: a la reconciliación que debemos buscar, al enfermo o al pobre que espera atención, al servicio concreto de la comunidad, a la misión que exige salir de nuestras seguridades.

Por eso Jesús dirige esta parábola a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo. No les reprocha simplemente que hayan pecado más que otros. Les reprocha no haber creído a Juan el Bautista y no haberse convertido, ni siquiera al ver la conversión de los publicanos y de las prostitutas. El peligro no es sólo el pecado evidente; es considerarse ya justo, no sentirse necesitado de misericordia y cerrar así la puerta a la conversión.


San Pablo nos ofrece la medida última de la voluntad de Dios: Cristo Jesús. Él no es sólo un ejemplo exterior de coherencia. Él es el Hijo que vivió totalmente orientado al Padre: «se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz». Su obediencia no fue pasividad ni anulación; fue la libertad del amor llevado hasta el extremo, la máxima libertad. Y por esa obediencia Dios lo exaltó.


En la Eucaristía recibimos a este Cristo obediente y glorificado. Le pedimos que forme en nosotros sus sentimientos, que unifique lo que está dividido y que transforme nuestra palabra en obras verdaderas.


Hoy hablamos incluso de conversión pastoral. Su primer paso no es organizativo, sino personal y espiritual: reconocer que la misión de la Iglesia no es tarea de otros sino nuestra y preguntarnos sinceramente si vivimos como propia la responsabilidad de anunciar el Evangelio. También exige advertir que no podemos responder a los hombres y mujeres de hoy repitiendo simplemente lo que siempre hemos hecho.


La conversión pastoral no consiste ante todo en cambiar programas, estructuras o lenguajes. Una comunidad se convierte cuando se deja juzgar por la Palabra y reconoce dónde ha sustituido la misión por la costumbre, el servicio por la autopreservación y la escucha por la seguridad de pensar que ya está haciendo todo bien. Sólo una Iglesia que sabe convertirse puede acompañar con verdad la conversión de los demás.


Pidamos al Señor la valentía de reconocer nuestro pecado, la libertad de cambiar de conducta y la gracia de ir hoy a su viña.


Amén.


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