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La corrección fraterna

  • archivocorpuschristi
  • hace 2 días
  • 3 min de lectura

Sermón para el XXIII Domingo de tiempo ordinario. Domingo 6 de septiembre de 2026


Ez. 33, 7-9

Rm. 13, 8-10

Mt. 18, 15-20


1. La palabra de Dios que hoy hemos proclamado toca un tema especialmente importante de nuestra fe: el tema de la “corrección fraterna”. En él late una convicción fundamental: ningún cristiano debe permanecer indiferente ni debe inhibirse ante un hermano en la fe que adopta un camino equivocado, que vive y manifiesta actitudes que son contrarias al Evangelio y que, por ello, le pueden acarrear la perdición. Hay una solidaridad en la fe y en el amor que debe impulsarnos a ayudar, y una de esas ayudas puede ser la corrección, el hacer ver lo errado de una determinada conducta o acción, la infidelidad que supone determinadas actitudes, especialmente aquellas que tienen un carácter público y pueden ser materia de escándalo.

La corrección fraterna tiene su único fundamento en el amor cristiano. “A nadie debéis nada, sino amor”, nos ha dicho san Pablo; y también, “el que ama a su prójimo como a sí mismo ha cumplido la ley entera”. Si vivimos nuestra fe con ese amor al prójimo, a nuestro hermano, que es inseparable del amor a Dios, “no nos será indiferente” lo que haga; nos dolerá que se aparte de la verdad, que sea infiel al evangelio, que en su vida no se refleje la imagen y las actitudes de Cristo. Nos sentiremos en alguna medida “responsables de él” y procuraremos ayudarle para que su vida no se malogre. Ese sentido de la responsabilidad es el que ha expresado el profeta Ezequiel en la primera lectura: “te he puesto como atalaya en la casa de Israel” y si “no hablas, poniendo en guardia al malvado, para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre”. No puede ser más claro este texto. Todos somos en una u otra manera responsables unos de otros. Si por motivos humanos, por comodidad, por no querer complicarnos la vida, o por lo que sea, no ejercemos esa forma de amor que es la “corrección”, también nosotros somos culpables.


2. Pero la corrección fraterna tiene que salir del amor, y tiene como objeto “el cambio a bien”, o la conversión de nuestro hermano. No se puede ejercer a la ligera, ni llevar a cabo como si nosotros nos situáramos por encima de los demás. Porque una cosa es la “corrección fraterna” y otra muy distinta es “juzgar” a nuestros hermanos. Sabemos que el Señor nos dijo: “No juzguéis y no seréis juzgados”. Cuando juzgamos a alguien de alguna manera lo condenamos y lo encerramos en su pasado. Generalmente detrás de los juicios suele haber odio o resentimiento, cuando no envidia. Al juzgar nos colocamos por encima del juzgado, nos hacemos superiores. Y lo que es más grave: usurpamos una función reservada sólo a Dios, el único que conoce la verdad del corazón humano. No se trata de juzgar.

Corregir no es juzgar. En la corrección no se condena sino que se quiere salvar. Como nace del amor, sólo se pretende que el hermano recapacite y que, por sí mismo, vuelva al camino del bien. Corregir y reprender suponen que no le cerramos la puerta del futuro, sino que todavía esperamos en él, que todavía creemos que tiene remedio, que puede cambiar.



3. La corrección fraterna no puede hacerse sin la oración. Orar para que el Señor ilumine la inteligencia y mueva el corazón de aquel a quien hemos de corregir, orar para que en esa acción no se mezclen motivos extraños; es decir, para purificar lo más posible las razones por las que pensamos debemos corregir a nuestro hermano. Orar para que sea sólo el amor y nada más que el amor lo que nos impulsa a reprender o advertir a alguien.

Pero además, el que corrige debe estar dispuesto a ser corregido. Malo sería que uno estuviera dispuesto a “dirigir una palabra” de corrección a su hermano y se negara a escuchar lo que otros, o el mismo hermano corregido, tienen que decirnos a nosotros.

Estar dispuesto a dejarse corregir es un signo claro de la sinceridad y pureza de nuestra acción correctora.

Pidámosle al Señor en esta Eucaristía que nos dé a todos ese sentido de la solidaridad de nuestra fe por la que la suerte de nuestros hermanos no nos es indiferente; que nos dé a todos suficiente caridad (amor) y discernimiento para poder ayudar a aquellos que lo necesitan. Y pidámosle finalmente que nos conceda la humildad necesaria para aceptar las correcciones de que podamos ser objeto de parte de aquellos que nos quieren bien.


¡Que así sea!


Por Juan José Garrido, rector del Real Colegio Seminario de Corpus Christi.

 
 
 

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