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Mérito por Gracia

archivocorpuschristi
hace 5 horas
4 min de lectura

Sermón para el XXV Domingo de tiempo ordinario. Domingo 20 de septiembre de 2026


Is 55, 6-9

Flp 1, 20c-24. 27a

Mt 20, 1-16


De últimos y primeros

En los evangelios de los dos domingos anteriores, en el capítulo 18 del evangelio de san Mateo, hemos podido escuchar el discurso sobre la Iglesia. Este domingo el evangelista nos introduce, en el capítulo 19, en una sección decisiva de su evangelio. Se inicia con el traslado de Jesús desde Galilea a Judea. Continuará con la narración de su actividad en Jerusalén y desembocará en su pasión y muerte (cf. Mt 19–25).

El inicio de esta narración tan importante del evangelio está marcado por una sentencia de Jesús al final del capítulo 19: Pero muchos primeros serán últimos y muchos últimos primeros (Mt 19,30).

Es una sentencia —podríamos decir— enigmática “muchos primeros serán últimos y muchos últimos primeros”... que reaparece, con ligeras variantes también a lo largo del capítulo 20. Primero en la parábola de los trabajadores de la viña (Mt 20,1-16), que es el evangelio de este domingo, como su conclusión. E inmediatamente después de esta parábola, tras el diálogo de Jesús con la madre de los Zebedeos y sus hijos (Mt 20,17-28), en forma ligeramente retocada, como enseñanza general para todos los apóstoles: el que quiera ser primero entre vosotros, sea vuestro esclavo (Mt 20,27).

Pero volvamos a ese Muchos primeros serán últimos y muchos últimos primeros de Mt 19,30. El Señor ha acabado de responder a la pregunta de Pedro sobre el premio que tocaría a los apóstoles por haberlo dejado todo —casas, trabajo y familia— para seguirle. Y lo hace de una forma sorprendente. Porque, aunque en principio les promete que los que lo han seguido serán entronizados en su gloria, enseguida introduce un “pero”: Pero muchos primeros serán últimos… ¿Qué significa ese “pero”? ¿Ese ser entronizados y reinar con Él y, a la vez, ser los últimos? Esto es lo que descubrimos en la parábola que cuenta Jesús y que leemos en el evangelio de hoy.


Un denario por jornada

En la parábola se nos cuenta que aquellos que han trabajado una sola hora en la viña reciben el salario de una jornada completa, igual que los que han estado trabajando desde el comienzo del día y soportando, como ellos mismos dicen, el peso del día y el bochorno (Mt 20,12). Esto parece ilógico, incluso injusto.

Pero si nos fijamos bien en lo que ocurre, veremos que no es cierto. Porque los trabajadores, todos ellos, han recibido el salario que, como diríamos hoy, “se ajusta a convenio”, que es un denario, cantidad que parece ser el salario normal de un día de trabajo en aquella época.

Por otra parte, incluso si quisiéramos entender la parábola con criterios económicos, el problema no sería de los trabajadores de la primera hora, los cuales —insistamos una vez más— han percibido el salario debido, sino del dueño de la viña, el cual acepta perder dinero pagando el salario completo de un día a los que prácticamente no han trabajado nada.

Así pues, el protagonista de esta parábola no se parece en nada a un patrón que retiene injustamente el fruto del trabajo, empobreciendo así al proletariado, sino todo lo contrario. Aquí el patrón hace partícipes del fruto del trabajo incluso a aquellos que no han trabajado, con lo cual lo que hace es empobrecerse él para enriquecer a otros, seguramente más necesitados (cf. 2 Cor 8,9).


“Yo soy bueno”

Y esta es la clave para entender este evangelio. Si alguna injusticia ha cometido el dueño de la viña, ¡ha sido consigo mismo! Por el único motivo que él es bueno: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?” (Mt 20,13-15). Y así, a este personaje de su parábola podríamos aplicarle lo que dice Jesús en otro lugar del evangelio: El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien (Lc 6,45).

De este modo, por medio esta parábola, a todos los que quieren seguirlo, pero —como Pedro— sienten una cierta inquietud pensando en lo que les tocará en suerte, el Señor los invita a ser agradecidos, dándose cuenta de que recibirán mucho, sí, pero no por los méritos de su trabajo, sino por pura gracia. Más aún, el Señor les quiere hacer caer en la cuenta de que el premio es la pura bondad del que ha querido asociarlos a última hora, en la plenitud de los tiempos (cf. Gál, 4,4), a su propia misión, convirtiéndolos de este modo de últimos en primeros. Porque, en el fondo, lo que ellos, los apóstoles van a cosechar es lo que no han sembrado (cf. Jn 4,38). Otros trabajaron primero, desde el inicio de la jornada. Pensemos en los patriarcas, profetas, reyes y sacerdotes del Antiguo Testamento. Y, sin embargo, algunos de ellos, cayendo en la desconfianza y en la murmuración respecto a los planes de Dios, han quedado relegados a los últimos puestos. Por eso, el Señor invita a los suyos a no confiarse, a no creerse merecedores de nada, a tomar conciencia de que, aunque son merecedores de un gran premio, su derecho a recibirlo siempre será inmerecido, siempre será — como dice el Catecismo de la Iglesia católica— un “derecho por gracia” (n. 2009).


“Dichoso el que no se escandalice de mí”

Al final, esta parábola nos pone ante la realidad de que la bondad tanto de Dios, como de Jesucristo, su Hijo y enviado siempre serán paradójicamente un motivo de escándalo para nosotros, por santos que seamos o que creamos serlo.

Pensemos que el mismo Juan el Bautista, cuando estando en la cárcel, escuchaba lo que decían de Jesús sobre sus signos de compasión y misericordia para con los pecadores, llegó a dudar de Él hasta el punto de preguntarse si no habría que esperar a otro Mesías, tal vez más justiciero (cf. Mt 11,2-6). Y la respuesta del Señor, en aquella ocasión, vale también para nosotros ahora: Dichoso el que no se escandalice de mí (Mt 11,6).

Por tanto, aunque no siempre lleguemos a entender, intentemos poner toda nuestra confianza en la bondad del Señor para con todos, esperémoslo todo de ella y que, gustar e ver esa bondad de su corazón (cf. Sal 34,9), vuelva los nuestros más semejantes al suyo: Oh buen Jesús, óyeme

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