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Dichosos los llamados a la cena del Señor

archivocorpuschristi
hace 2 días
3 min de lectura

Sermón para el XXVIII Domingo de Tiempo Ordinario. Domingo 11 de octubre de 2026


Is 25, 6-10a

Flp 4, 12-14. 19-20

Mt 22, 1-14


El traje de boda


El evangelio de hoy nos habla del Reino de Dios y Jesús lo compara a la invitación a una boda y del desplante que los invitados hacen al rey-anfitrión. A esta llamada unos le responden con indiferencia, poniendo simples excusas para no acudir. Otros directamente le injurian en la persona de sus criados, a los que asesinan cruel y gratuitamente. Estas dos actitudes representan la postura de los judíos contemporáneos de Jesús ante su invitación a acoger el Reino de Dios. Los primeros son los que han puesto pretextos para no creer en él, como aquellos que dijeron, después de escucharle hablar sobre el pan de vida, que iba a ser su carne: Este modo de hablar es duro. ¿quién puede hacerle caso? (Jn 6,61-66). Otros directamente lo odian y desean matarlo, como los destinatarios directos de esta parábola, que son los sumos sacerdotes y los ancianos.


Pero quizá lo más sorprendente es una tercera forma de desdén, que aparece en la parábola, y que se manifiesta, no ya en los primeros invitados, sino, esta vez, en ese comensal que, habiendo sido invitado en una segunda llamada hecha a cualquiera, se presenta en el banquete, al final del relato, sin vestido de boda. La reacción del rey nos puede parecer desmesurada y hasta injusta. Porque, ¿cómo podría llevar un vestido elegante alguien que ha sido traído a toda prisa del cruce de los caminos? ¡Los que visten con lujo habitan en los palacios! Hasta Jesús lo reconoce en una ocasión, hablando sobre el Bautista (cf. Mt 11,8). ¿Por qué entonces el reproche tan duro del rey? Quizá porque el traje que llevamos no es sólo cobertura exterior del cuerpo, sino manifestación de lo que somos. Por eso existen determinados hábitos o uniformes para realizar algunas funciones o actividades públicas.


Quizá el traje de bodas, el vestido de fiesta que el rey de la parábola esperaba encontrar en este convidado anónimo no era tanto un vestido lujoso, cuanto una actitud de alegría, regocijo, gratitud y reverencia por una invitación tan imprevista como inmerecida. Y justo por eso se siente ofendido y ultrajado, hasta el punto de pasar de generoso anfitrión a juez riguroso.



«Venid a comer de mi pan»


Hasta aquí la historia. Pero ahora, en esa comparación con la acogida del Reino de Dios, los convidados somos nosotros.


¡Dichosos los llamados a la cena del Señor!, decimos en la misa antes de comulgar. Y así es. La invitación del rey de la parábola: Tengo preparado el banquete. Venid a la boda (Mt 22,4), es ahora la invitación de Cristo por boca de la Sabiduría: Venid a comer de mi pan y a beber el vino que he mezclado (Prov 9,5).


Seguramente nuestra respuesta no ha sido la desdeñosa indiferencia. Porque estamos aquí, pudiendo estar disfrutando del domingo de otra forma: con familia, amigos, viajando, haciendo deporte. Qué sé yo… Tampoco nuestra respuesta es la injuria a Cristo, manifestada en el odio a los cristianos, a la Iglesia, a los sacramentos, que por desgracia tan frecuente es en nuestro mundo. Nosotros estamos aquí. Por tanto, esa no es la cuestión, sino esta otra: ¿cómo vamos vestidos?, ¿con qué traje nos hemos presentado ante quien nos ha invitado?


¿Es el traje de la costumbre, de la inercia? Es decir, el del corazón impermeable a la conversión, la actitud que Jesús criticaba en los fariseos: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí (Mt 15,8).


¿O el del cumplimiento? El de la relación de un intercambio con Dios, como el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo reclamando “hace tantos años que te sirvo, y jamás he desobedecido tu mandamiento, pero nunca me has dado nada” (cf. Lc 15,29).


¿O, por el contrario, es el traje de la gratitud, del asombro y de la devoción? El traje del amor, en definitiva, que cada día con confianza y alegría dice como Pedro tras su vuelta: Señor tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero (Jn 21,17); o como Pablo tras su conversión: ¿Qué debo hacer, Señor? (Hch 22,10).


Quiera el Señor infundir su amor en nuestros corazones, muchas veces cansados o tibios, para que, al recibirlo hoy en este banquete, le podamos decir de corazón, con el antiguo himno eucarístico: Jesús, te adoro con toda devoción.

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