Menos juicio y más misericordia
Actualizado: hace 1 día
Sermón para el XXIV Domingo de tiempo ordinario. Domingo 13 de septiembre de 2026
Eclo 27, 30 — 28, 7
Rom 14, 7-9
Mt 18, 21-35
Queridos hermanos:
Al escuchar las lecturas de cada domingo, quizá lo primero que deberíamos preguntarnos es qué efecto producen en nuestro corazón. Porque la Palabra de Dios no se nos proclama simplemente para que la escuchemos, sino para que ilumine nuestra vida, nos cuestione y nos ayude a avanzar. Y la pregunta que, de alguna manera, nos debemos de hacer es esta: ¿estoy avanzando de verdad en mi seguimiento de Jesucristo?
Porque uno puede llevar muchos años siendo cristiano y, sin embargo, permanecer siempre en el mismo sitio. Podemos rezar, participar en la Eucaristía, escuchar la Palabra de Dios, hacer incluso muchas cosas buenas y continuar cargando con los mismos rencores, los mismos juicios, las mismas heridas que nunca terminamos de poner en manos del Señor. Y hoy la Palabra toca precisamente uno de esos lugares donde se juega de verdad nuestra vida cristiana: el perdón.
Pedro se acerca a Jesús y le pregunta: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuantas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Pedro piensa que está siendo generoso. Siete veces ya parecen muchas. Pero Jesús rompe todas nuestras cuentas: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Es decir, no vivas contando. No lleves una contabilidad del mal que te han hecho, de las veces que has cedido, de las ocasiones en las que ya has perdonado. El perdón cristiano nace de otro lugar.
Y aquí aparece uno de los grandes retos de nuestra vida de fe. Todos queremos ser perdonados, pero nos cuesta bastante más perdonar. Queremos que comprendan nuestras debilidades, nuestros errores, nuestras caídas, pero no siempre tenemos la misma paciencia con las debilidades y los errores de los demás. Pedimos otra oportunidad cuando fallamos, pero a veces nos cuesta muchísimo concedérsela a quien nos ha hecho daño.
Además, tenemos una extraordinaria memoria para algunas cosas. Podemos recordar perfectamente aquella palabra que nos hirió, aquella injusticia, aquella decepción, aquella traición. Podemos recordar algo sucedido hace diez, veinte, treinta o más años y seguir sintiendo dentro de nosotros el dolor como si acabara de suceder. Hay heridas que uno guarda cuidadosamente, que vuelve a mirar, y que revive una y otra vez.
Y hoy el Señor nos pide: utiliza también tu memoria de otra manera. Haz memoria de todo lo que Dios te ha perdonado a ti. Recuerda cuántas veces Dios ha tenido paciencia contigo. Cuántas veces has tenido que volver a empezar. Cuántas veces te has alejado y Él te ha esperado. Cuántas veces has caído y Él te ha vuelto a levantar.

Ese es precisamente el problema del hombre de la parábola. Tiene una deuda inmensa, imposible de pagar. Se arrodilla, suplica y su señor, movido a compasión, se lo perdona todo. Pero sale de allí, encuentra a un compañero que le debe muchísimo menos y lo agarra por el cuello. ¿Qué le ha pasado? Algo muy sencillo y, al mismo tiempo, muy serio: ha olvidado que acaba de ser perdonado.
Quizá aquí encontramos una de las claves fundamentales para avanzar en nuestra vida de fe: hacer memoria de cuánto hemos sido amados y perdonados por Dios. Antes de pedirnos que perdonemos, Él nos ha perdonado. Antes de pedirnos que amemos, Él nos ha amado. Antes de pedirnos que volvamos a Él, Él ha salido a nuestro encuentro.
Y san Pablo nos ofrece hoy otra palabra que deberíamos guardar en el corazón: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo». «Somos del Señor». Si de verdad somos del Señor, no podemos vivir colocándonos continuamente a nosotros mismos en el centro: mis razones, mis derechos, mis heridas, lo que me hicieron, lo que me deben. Seguir a Cristo significa ir saliendo poco a poco de ese centro para dejar que lo ocupe Él.
Y esto cuesta. Cuesta perdonar. Cuesta no devolver mal por mal. Cuesta dejar de juzgar. Cuesta abandonar un rencor que hemos podido alimentar durante años. Pero hay que decir también algo importante: perdonar no significa decir que no ha pasado nada. No significa justificar una injusticia ni llamar bueno a lo que ha sido malo. Hay heridas reales, profundas, y el Evangelio no nos pide negarlas.
Lo que Jesús nos pide es que el mal que nos hicieron no termine teniendo poder sobre toda nuestra vida. Que aquello que sucedió no tenga la última palabra. Porque mientras vivimos desde el rencor seguimos, de alguna manera, atados a aquello que nos hirió. Y Cristo quiere liberarnos también de eso.
Por eso hoy cada uno puede poner delante del Señor un nombre, un rostro, una historia concreta. ¿Hay alguien a quien todavía no he podido perdonar? ¿Hay alguna herida que sigo repasando una y otra vez? ¿Hay alguna deuda que llevo cuidadosamente anotada en el corazón?
Quizá no podamos resolverlo todo hoy. Quizá ni siquiera seamos capaces todavía de decir: «Señor, ya he perdonado». Pero sí podemos comenzar diciendo: «Señor, quiero perdonar, pero me cuesta. Ayúdame. Sana mi corazón. Enséñame a mirar como Tú miras». Y cuando uno es capaz de decir esto sinceramente, ya ha comenzado un camino.
Porque la vida cristiana es precisamente un camino. Menos orgullo y más humildad, menos juicio y un poco más de misericordia.
¿Queremos saber si estamos avanzando en nuestra vida de fe? No nos preguntemos solamente cuánto rezamos; preguntémonos cómo amamos. No nos preguntemos solamente cuántas veces venimos a misa; preguntémonos si la Eucaristía está cambiando nuestro corazón. No nos preguntemos solamente si creemos en Cristo; preguntémonos si cada día nos parecemos un poco más a Él.
Pidámosle hoy al Señor, en esta Eucaristía, que nos conceda hacer memoria de todo lo que hemos recibido de Él, de toda la paciencia que ha tenido con nosotros, de todas las veces que nos ha buscado, nos ha levantado y nos ha perdonado. Y desde esa experiencia podremos comenzar también nosotros a mirar de otra manera nuestras heridas y a quienes nos han herido.
Por Sergio Requena, colegial perpetuo del Real Colegio Seminario de Corpus Christi.


Comentarios